domingo, 8 de diciembre de 2013

El camino de la emancipación: El naufragio del movimiento feminista burgués


En el año 1975, coincidiendo con el inicio de la reforma ya la vez que salen a la luz los partidos reformistas que se aprestan a colaborar con ella, surgen en nuestro país una serie de organizaciones feministas; éstas van a constituir el último intento de levantar el movimiento feminista desde las posiciones de la burguesía, a pesar de que esta clase ya no tiene nada que ofrecer y que su papel progresista en la historia hace ya tiempo que pasó; no obstante, las peculiares características del desarrollo histórico de España van a posibilitar este surgimiento, si bien su duración va a ser efímera y el apoyo que consigan muy escaso.
La proclamación, por parte de la ONU, de 1975 como Año Internacional de la Mujer, es aprovechado por diferentes grupos de mujeres de la pequeña burguesía y de las organizaciones reformistas para intentar dar forma a un verdadero movimiento feminista que, de entrada, se va a materializar en la celebración de las Primeras Jornadas por la Liberación de la Mujer.

Pero ¿Por qué esta aparición, precisamente, en estos momentos? En España, la burguesía nunca ha tenido la fuerza suficiente como para organizar un movimiento feminista y, desde hacía mucho tiempo, la cuestión femenina -como los demás problemas de nuestros pueblos- había quedado en manos del proletariado. La efímera, pero fructífera, etapa del Gobierno de Frente Popular corrobora y refuerza esta situación, demostrando claramente por dónde iba a venir la solución de todos los problemas. Sin embargo, el Frente Popular es derrotado y, en la larga etapa de fascismo abierto, en la que se alcanzan cotas extremas de terror, de sobreexplotación y de opresión para todo el pueblo, no aparecen ni siquiera tímidos intentos de hacer oír las voces feministas y, mucho menos aún, de organizar todo un movimiento. Mientras muchas mujeres se pudrían en las cárceles fascistas, eran torturadas o asesinadas;mientras otras luchaban en las fábricas o en los barrios y se unían al poderoso movimiento político contra el fascismo, siendo salvajemente reprimidas por ello,¿dónde estaba el movimiento feminista? Sencillamente, en ninguna parte; ese movimiento no existía ni, de hecho, podía existir, como no ha existido ni existirá nunca en aquellos países y en aquellos momentos en que las clases dominantes recurren a la forma fascista de poder, a las férreas y sanguinarias dictaduras en las que no caben ningún margen de legalidad democrática y en las que la única lucha que tiene sentido es aquella que se enfrenta directamente al mismo poder, al sistema de dominación.

En España, la existencia del fascismo abierto hace que todas las luchas, desde las económicas o sociales hasta las estrictamente políticas, acaben en un enfrentamiento directo con el Estado; que la conquista de la más mínima reivindicación pase por enfrentarse a ese Estado ya su aparato represivo y que el objetivo prioritario para las amplias capas de la población sea, precisamente, acabar con ese Estado como condición indispensable para aspirar a ver satisfechas sus reivindicaciones. En este contexto, es imposible el surgimiento de cualquier movimiento que no se plantee este objetivo y que no se prepare, por tanto, para poder librar esa lucha. Los objetivos de los movimientos feministas, por el contrario, nunca han ido más allá de alcanzar una serie de reformas dentro del sistema, de conquistar los máximos límites posibles de igualdad para la mujer  sin alterar las bases de esta sociedad; se trata tan sólo de conseguir las mejores condiciones para que las mujeres de la burguesía puedan participar e incorporarse a esta sociedad que es, al fin y al cabo, la sociedad nacida de las revoluciones burguesas por y para provecho de la burguesía. 

En consecuencia, la lucha feminista necesita unas condiciones para poder desarrollarse; la primera de ellas es, precisamente, la existencia de un marco mínimo de legalidad y de juego «democrático» en el que poder desplegar sus reivindicaciones y en el que tener unas mínimas posibilidades de alcanzarlas. Es claro que, mientras se está peleando por destruir a un régimen y mientras se aplasta brutalmente la más mínima protesta, no tiene sentido que se alcen voces exigiendo el divorcio o la patria potestad compartida, pues -por muy justos que sean- no dejan de ser ridículos frente a la magnitud de la lucha que se libra; además, sin acabar con ese obstáculo, no hay posibilidad de alcanzar reivindicación alguna.

Esta es la principal razón de que, hasta que el régimen no se ve obligado a retroceder ante el empuje del movimiento obrero y popular y hasta que no se inicia su cambio de fachada y su modernización de las formas de dominación, no aparezca de nuevo el movimiento feminista. Ahora bien, si esto nos explica el cuándo, no nos aclara, encambio, el por qué de este surgimiento. Nuevamente, hay que buscar la causa en la propia existencia del fascismo, régimen que arrasó con todas las conquistas populares conseguidas durante la República y que redujo a la mujer a la más absoluta falta de derechos ya la más oprobiosa marginación. Así, mientras en 1975 en España se ha llegado a una situación casi feudal en el terreno de la mujer, en Europa, EEUU, y en todos los países de capitalismo desarrollado, hacía ya mucho tiempo que sus burguesías habían realizado todas las reformas que tenían cabida en su sistema. Aquí, por el contrario, muchas de ellas, de carácter básico y que, por lo demás, no atentan contra los pilares del régimen, siguen pendientes. Este va a ser el terreno en el que van a desplegar su labor las nacientes organizaciones feministas.La necesidad de conquistar esas reformas daba sentido y era la razón de ser de esas organizaciones que, desde entonces, van a intentar arrastrar, tras sus planteamientos, alas mujeres de nuestro pueblo, intentando desviarlas de su lucha y de sus objetivos fundamentales. La bandera que enarbolan es la de las reivindicaciones específicamente femeninas que, en lo fundamental, se concretan en las conclusiones salidas de las Jornadas por la Liberación de la Mujer: revisión de las leyes en favor de la igualdad,creación de oportunidades para una mayor inserción de la mujer en el trabajo productivo sin discriminación salarial y profesional, creación de guarderías y centros preescolares gratuitos, institución de la coeducación y eliminación de las enseñanzas ligadas a la«especificidad» femenina, despenalización del aborto y del adulterio, legalización del uso y propaganda de anticonceptivos, formación sexual en los planes de estudio, promulgación de una ley sobre el divorcio, supresión de la doble moral y de la división de los papeles dentro de la familia, reconocimiento de un Movimiento de Liberación dela Mujer como agrupación unitaria e independiente de todos los partidos políticos y del Estado y promulgación de una amnistía general para todos los detenidos y exiliados políticos y sindicales.

40 años de fascismo y la radicalización de la lucha de clases le dan a este movimiento unas connotaciones especiales al no poder sustraerse a la realidad política del país. De principio, la mayoría de los grupos feministas, desde los «independientes» hasta los potenciados por las organizaciones reformistas en boga -PTE, ORT...-, pretenden encubrir sus posiciones feministas burguesas bajo el manto del marxismo e, incluso,llegan a hablar de lucha de clases y de revolución socialista; a la vez, incluyen entre sus reivindicaciones específicas algunas de carácter general. Ambos aspectos no son sino el reflejo de una misma realidad: la aguda lucha de clases que se desarrolla en el país y la potente influencia del movimiento obrero. Las propias feministas decían que una de las tristezas del feminismo es la experiencia de que el socialismo haya absorbido mucho terreno; de ahí que recurran al marxismo para, en su nombre, tergiversarlo y privarlo de su verdadero contenido; de la misma forma, no podían desligarse totalmente de las luchas generales que se libraban, so pena de quedar aisladas y al descubierto aún antes de nacer. El hecho de que su principal objetivo en aquel momento sea «unirnos al resto del pueblo para conquistar la plena democracia política, sólo en esa medida será factible que se cumplan nuestras reivindicaciones inmediatas y se reconozcan legalmente nuestros derechos y el que esto se presente como un paso previo a la conquista del socialismo, nos da la mejor medida del tipo de marxismo y de socialismo al que aspiran.
Otro factor significativo es la casi nula influencia de los grupos feministas al estilo yanqui y europeo de los años 60. Las feministas radicales, que consideran a la mujer como una clase social y que ven la contradicción hombre-mujer como la fundamental y, por lo tanto, al hombre como el enemigo principal a combatir, no han tenido ciertamente ninguna influencia, lo que no es sino una muestra del escaso caldo de cultivo que estas posiciones peregrinas tienen allí donde la lucha de clases está más desarrollada.

Los demás grupos o grupúsculos no han corrido mejor suerte; lejos de desarrollar un poderoso movimiento feminista (tal y como era su intención), han desaparecido en pocos años de la escena, dejando tras de sí apenas unos restos del naufragio. De hecho,este intento estaba condenado al fracaso por unas razones bien obvias. El régimen, en esta etapa de su desarrollo, no ha tenido demasiados inconvenientes en llevar a cabo algunas de las reivindicaciones que dieron origen a estas organizaciones, privándolas así de buena parte de sus objetivos. Reformas como el divorcio, la patria potestad, la eliminación del delito de adulterio, la legalización de los anticonceptivos, la coeducación, etc., etc., si bien son derechos justos y que benefician a la mayoría de las mujeres, sin embargo, no afectan para nada a los pilares del régimen y, de hecho, no son sino un desarrollo de ese mismo régimen. En España, por añadidura, llevar a cabo estas reformas formaba parte de los planes de encalamiento de la fachada del régimen, por lo que, hoy día, ya nos hemos puesto a la altura de los países desarrollados en este terreno.Sólo la gran incidencia que aún mantienen las castas más reaccionarias y, muy especialmente la Iglesia, explican la reticencia a la hora de abordar problemas como el del aborto, último bastión de las tímidas voces feministas que se alzan de vez en cuando.

En cambio, los problemas fundamentales de las mujeres de nuestro pueblo siguen sin solucionarse. El derecho al trabajo, la creación de servicios sociales gratuitos o la vigencia de la familia tradicional son sólo alguno ejemplos de las reivindicaciones que aún pudieran dar vida al movimiento feminista; sin embargo, lejos de ello, estas organizaciones no han dudado en renunciar a ellas. Y no podía ser de otra manera cuando ya ha quedado suficientemente demostrado que estos problemas ya no se resuelven con reformas y que ni siquiera tienen solución dentro de los marcos de este sistema. Para acabar con ellos, hay que acabar antes con el capitalismo, con la sacrosanta propiedad privada y las no menos sacrosantas clases y hay que caminar hacia el comunismo. Pero, lógicamente, esta bandera sólo puede levantarla el proletariado y, bajo ella, caminarán todos los explotados y oprimidos en ardua lucha contra la burguesía y su Estado y, también, claro está, contra su ideología.

Ante el momentáneo respiro alcanzado por el régimen en aquel momento y cuando aún estaba por ver el grado de credibilidad que iba a alcanzar el sistema con su maniobra reformista, es lógico que las feministas encontraran el terreno propicio para desarrollar su labor e intentar arrastrar tras de sí a las mujeres trabajadoras, desviándolas de sus principales objetivos. En cambio, hoy, cuando para todos está claro que aquí los Únicos cambios, la única solución de nuestros problemas va a tener que conquistarse en una larga y cruenta lucha contra los que, desde hace 50 años, nos arrebataron el poder, y nos vienen masacrando y explotando; hoy, cuando las mujeres de nuestro pueblo también lo han comprendido así, las organizaciones feministas no han dudado en colocarse en el lado que les corresponde en la batalla, junto a su clase, defendiendo los intereses del sistema cuando éste se resquebraja por todas partes y necesita la ayuda de todos para intentar sostenerse a flote. La democracia ha acabado con este intento de organizar un movimiento feminista; este pensamiento de una militante feminista, resume a la perfección lo sucedido.

En este contexto, mientras la mayoría de las feministas están totalmente integradas en el sistema y disfrutando de algún que otro puestecito, los restos del naufragio no pueden ser más desoladores. Para unas, la revolución de la mujer, su lucha contra el hombre, se ha quedado reducida a la consigna de revolución personal, que se concreta en conseguir que el marido friegue los platos o le quite los pañales al niño o, en el caso de las más avanzadas, en proclamar el lesbianismo como la verdadera panacea emancipadora.Entretanto, unas pocas siguen aferradas al inútil intento de conjugar el marxismo con el feminismo, como forma de no quedarse demasiado atrás con respecto al avance de la lucha de nuestro pueblo y de las victorias alcanzadas en todo el mundo por el socialismo; pero, en el fondo, son incapaces de abandonar su ideología pequeño- burguesa y de abrazar la ideología proletaria.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar a aquellas mujeres que militan en organizaciones feministas y que, aunque son una minoría y se circunscriben principalmente a Euskadi, han roto, en cierta medida, los estrechos marcos de las reivindicaciones puramente feministas y reformistas y han dotado a su lucha de un carácter más amplio, asumiendo ciertas reivindicaciones comunes a los sectores populares, como son la amnistía, la lucha contra la represión y la tortura, la lucha contra el paro, etc. Esta es quizás la prueba más palpable de que hoy, quien realmente pretenda alcanzar la emancipación de la mujer, o se integra en la lucha general por la destrucción del sistema capitalista y, por lo tanto, une su lucha a la del resto del pueblo, o está condenado al más rotundo fracaso.

"La mujer en el camino de su emancipación"

Carmen Jiménez Castro