sábado, 22 de febrero de 2014

Documental: "Rosas y Fusiles"




"Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la guerrilla de más largo aliento en nuestro continente, siempre ha contado con la participacion de la mujer combatiente. ¿Quiénes son estas mujeres? ¿Por qué arriesgan sus vidas por los ideales del socialismo y la liberación nacional en un país bajo la bota de los Estados Unidos? ¿Cuál es su papel en el actual proceso de paz? "

Dirección: Vilma Kahlo 
Producción: Escuela de Cuadros
Fuentes archivísticas: La noche de los lápices, La Insurgencia del Siglo XXI, Iluminados por el fuego, y diversos materiales de teleSUR, Hispan TV y Dick Emanuelsson

miércoles, 19 de febrero de 2014

Camila Cienfuegos: “Donde mi pueblo me necesite ahí estaré presente. Soy del pueblo y vivo para él.”

Al igual que Camilo Cienfuegos, Camila salió del pueblo, al que ella se debe.

“En el pueblo hay muchos Camilos”,  dijo Fidel tras conocer la muerte del “Señor de la Vanguardia”. No se equivocó el Comandante de la Revolución Cubana: En los pueblos de América Latina hay muchos Camilos y, por supuesto, Camilas que, con su acción revolucionaria, han sabido dejar en alto el nombre del “Héroe de Yaguajay”.

Camila Cienfuegos, guerrillera fariana, también enciende el fuego de la revolución para forjar un presente y un futuro esplendoroso que permita la construcción de la Nueva Colombia.

De un corazón inmenso, cariñosa, solidaria y amable, Camila decide compartir algunos pensamientos sobre su vida y la lucha revolucionaria en Colombia, de la cual ella ya es parte, los mismos que los expresa en forma apasionada, sincera, decidida, defendiendo siempre los intereses del pueblo y de la organización a la que pertenece con orgullo: las FARC-EP.

Camila, cómo usted se vincula a la guerrilla. Cuéntenos un poco la historia de su vida guerrillera.

Mi vinculación fue en el año 1994. Era estudiante de segundaria, en una pequeña ciudad del valle del Cauca, fui militante de la Juco, allí realizaba,  misiones  como estafeta, presentábamos teatro, en los barrios más pobres, en los diciembres, los camaradas nos daban regalos y recorríamos las calles, entregando con tanta alegría  pequeños detalles a los niños, a los ancianos. También compartíamos buñuelos, natilla con mis compañeros de la Juventud Comunista. Allí aprendí a diferenciar entre  lo justo y lo injusto, y   conocí a las FARC- EP.

Hija de padres de origen paisa. Mi madre una mujer emprendedora. Entregada por completo a la educación de sus hijos, nos inculcó el respeto, la verdad, la honradez, la palabra, el compromiso y el amor por el trabajo.

Mi padre, era un hombre  muy estricto. Ambos pertenecían al Partido Comunista.

Desde muy joven he cuestionado la desigualdad, y buscando el camino que me indicara como construir un mundo de igualdad en lo humano; una sociedad donde todos y todas estén plenamente representados, busqué, y en  las FARC-EP lo encontré.

Su familia le ha brindado apoyo en este camino que usted escogió.

Ellos han sido incondicionales desde siempre.

Los medios de comunicación hablan negativamente del papel que cumplen las mujeres al interior de la insurgencia. ¿Qué respuesta da usted a eso?

Esa interpretación del papel de la mujer en la guerrilla, es la que hacen nuestros enemigos como parte de la guerra psicológica.

En la realidad es todo lo contrario. Nuestro amor por el pueblo es la razón profunda de nuestra lucha. Esto determina y marca los perfiles psicológicos del guerrillero en las relaciones interpersonales y afectivas, las relaciones que se dan en la guerrilla, que son libres, plenas y desinteresadas, alejadas de los valores y las costumbres de la sociedad burguesa en descomposición que vive Colombia.

Qué actividades desarrollan fundamentalmente las mujeres dentro de las FARC-EP. 
¿Hay diferencias entre hombres y mujeres en este sentido?


En las FARC-EP hombres y mujeres desarrollan las mismas actividades: En lo político, en lo militar, en lo cotidiano. No existe ninguna diferencia. Esas diferencias las marcan las políticas de un sistema excluyente.

Somos unidades con igual compromiso, iguales deberes y derechos, lógicamente el nivel de desarrollo no depende del género, depende de las personas.

¿Qué mujeres luchadoras le inspiran en su actividad revolucionaria?¿Tuvo usted la oportunidad de conocer a la Comandante Mariana Páez o a Lucero Palmera, qué puede decirnos de ellas?

Las luchas y las experiencias de vida de miles de activistas, militantes y organizadoras del combate de las mujeres en el mundo entero: las mujeres vietnamitas, las trabajadoras de las fábricas, las plantadoras de arroz de la India, Manuela Cañizares -que es considerada el alma de la insurrección de 1809, en Quito-.  A las Madres de los desaparecidos argentinos, las luchadoras por la reforma agraria,  Manuelita Sáenz, Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta, la Gaitana, las madres de los guerrilleros.  Aprovecho la ocasión para rendir homenaje a las compañeras del PKK asesinadas por los servicios de inteligencia turcos en Francia. En general, todas nuestras heroínas que han ofrendado su vida por la Colombia Nueva,  son mi mayor inspiración.

¿Conoce usted cuál es la situación de las mujeres prisioneras de guerra y políticas del Estado colombiano?¿Conoce a Marinelly Hernández Orozco y su postura digna frente al sistema judicial colombiano ante el cual se declaró en rebeldía?¿Qué puede decirnos al respecto y qué mensaje envía usted a las luchadoras farianas detenidas en las cárceles colombianas?

En las cárceles colombianas la tortura sicológica y física se utiliza como metodología para doblegar la voluntad revolucionaria, generalmente es vano el intento. Se trasgrede la libertad de opinión, el debido proceso, el derecho a    disentir del régimen oprobioso que desde hace décadas destruye Colombia, en síntesis, se violan los derechos humanos. Estamos enfrentados a una fuerza inhumana y recalcitrante para la anulación de la protesta.

A mis compañeras, quiero decirles que exalto su tenacidad de mujeres inquebrantables, comprometidas con el ideal revolucionario, bolivariano…, ¡la cárcel es otra trinchera de lucha! Y como dice Julián Conrado en su canción: Por más oscura que sea la prisión no dejará de brillar la razón.  

¿Qué piensa de Ingrid Betancurt, mujer que dijeron que se encontraba en pésimas condiciones por su retención por parte de las FARC-EP y que al final salió en perfectas condiciones?

Hoy en día no tenemos prisioneros de guerra en nuestro poder. El conflicto continua por la terquedad del señor presidente de Colombia de no aceptar un cese bilateral de fuego. Eso hace probable que en el futuro y como resultado del  accionar político militar se haga presente nuevamente la realidad de los prisioneros. Nosotros también tenemos en las mazmorras colombianas presos políticos. Esa es una de las razones de nuestra insistencia por un tratado de regularización de la guerra, que incluye necesariamente el canje de prisioneros.

Con relación al segundo punto, es ya de conocimiento público el nivel de manipulación informativa por parte del Estado, que en aras de truncar el camino hacia la reivindicación social informa con base a falacias. Ingrid, al igual que todos los prisioneros de guerra que teníamos en nuestro poder, se le reconocieron y respetaron todos sus derechos, prueba de ello es la forma distinta en la que salió Clara Rojas, circunstancia que guardaba más genuinidad, y con esto me refiero a que  existía una plena y evidente coherencia entre la esencia y la apariencia.

¿Cuál es el momento más duro que ha tenido que pasar en la lucha revolucionaria?

La noticia de la muerte de nuestros camaradas, sin excepción. La arremetida paramilitar contra los pobladores, ver sus pequeñas casas como las consumían las llamas, el sueño de un pueblo en destrucción, sin quien arara la tierra, atendiera los animales. El saqueo de los paramilitares a las viviendas, a pequeñas tiendas, a mujeres y hombres violados brutalmente, los cadáveres, amordazados, con infinidad de torturas, las viudas con sus pequeños hijos, sosteniéndoles en brazos ahogadas en llanto y terror, la desolación de los pueblos, sin que nadie registrará qué ocurría a escasos kilómetros de los cuarteles de la policía. Allí también quedaron heroicos guerrilleros y guerrilleras dando su último suspiro por defender el pueblo, esto en el año de 1999.

¿Usted considera que sería importante que dentro del Secretariado de las FARC-EP esté presente una mujer, claro está por méritos propios y no solo por su condición de ser mujer?

 Por supuesto.

En la Colombia Nueva, con paz, justicia social y soberanía, ¿que rol le gustaría cumplir?

 Seguir luchando de la mano de mi pueblo. Donde mi pueblo me necesite ahí estaré presente. Soy del pueblo y vivo para él.

¿Un mensaje a las niñas y jóvenes y a las hijas e hijos de guerrilleros, cuyos padres no pueden compartir directamente con sus hijos e hijas pero que luchan por los hijos e hijas de todos los colombianos?

Hijos e  hijas de los guerrilleros del mundo.  Solo deseamos que no tengan que vivir  la situación que algunos de ustedes han vivido:   Constantes masacres (con lista en mano),  persecuciones, despojos de las pequeñas parcelas, los allanamientos a sus viviendas, la interceptación de llamadas telefónicas, el secuestro de los correos personales, los forzosos exilios  a los que son sometidos,  en países ajenos a sus culturas, inclusive sin identidad propia. De verdad, lamentamos lo que han padecido y que  la impunidad siga. No obstante, les recordamos con todo el amor de padres,  que están presentes en cada segundo de nuestra vida, que son elemento esencial de inspiración, al igual que los miles de hermanos colombianos por los que luchamos. Queremos que vivan en una patria digna, sinónimo de un amor genuino, fundamentado en la solidaridad.

Por último, gracias a quienes en solidaridad se han hecho cargo de ustedes, supliendo la labor que a la distancia nosotros no podemos cumplir, personas que pese a las capturas ilegales de las que son víctimas, con las que el Estado trata de amedrentar, siguen ahí, incondicionales.

Mi mensaje es arriba las banderas de lucha, sin miedo de luchar por una revolución, que deberá ser social, y profundamente humana. Sin miedo de levantar la voz por la liberación de la humanidad. La liberación de hombres y mujeres. Cuando hayamos logrado ese triunfo ustedes nos ayudarán a construir ese nuevo país y esa nueva Patria.

La Habana, Cuba, 2013

Fuente: http://www.kaosenlared.net/

martes, 18 de febrero de 2014

Autobiografía de Nadezhda Krupskaya

Tiempos lejanos

Nací en 1869. Mis padres eran de origen noble, pero no tenían casa, ni leña para el hogar y después de casados se vieron más de una vez en el apuro de pedir prestados veinte kopeks para comprar algo que
comer. Mi madre era huérfana, cursó estudios por cuenta del Estado en un Instituto y, nada más terminarlos, se colocó de institutriz.

Mi padre.

Mi padre quedó huérfano muy pronto. Estudió en una Escuela Militar, de donde salió con el grado de oficial. En aquel tiempo había muchos descontentos entre la oficialidad. Mi padre era muy aficionado a la lectura, no creía en Dios y conocía el movimiento socialista de Occidente. Mientras vivió mi padre, nos visitaban muy a menudo revolucionarios (al principio nihilistas1, luego populistas2 y más tarde partidarios de la Sociedad Naródnaia Volia (“Voluntad del Pueblo”)3. No sé si mi padre tomaba parte en el movimiento revolucionario. Murió cuando yo tenía catorce años y como las condiciones en que se desarrollaba la actividad revolucionaria exigían una severa conspiración, los revolucionarios hablaban muy poco de su labor. Cuando la conversación recaía sobre el trabajo revolucionario, me mandaban a comprar algo en la tienda o a algún recado. No obstante, escuché muchas conversaciones revolucionarias y, naturalmente, simpatizaba con los revolucionarios. Mi padre era muy impulsivo y no podía pasar por alto ninguna injusticia. Siendo todavía un oficial joven, participó en el aplastamiento de la insurrección polaca, pero lo hizo con muy poco celo; ponía en libertad a los prisioneros polacos, les ayudaba a huir y procuraba reducir al mínimo las victorias del ejército zarista sobre los que se habían sublevado contra el insoportable yugo de la autocracia rusa. Una vez terminadas las operaciones, mi padre ingresó en la Academia Jurídico-Militar, de donde salió para ser jefe de distrito en Polonia. Estimaba que a ese país debía ir gente honrada. En el distrito a que lo destinaron, se cometían arbitrariedades sin cuenta; sacaban a los hebreos a la plaza y les cortaban el pelo de las patillas al son de los tambores, prohibían a los polacos vallar sus cementerios y echaban allí a los cerdos que no tardaban en hozar las tumbas. Mi padre puso fin a todas esas desvergüenzas. Abrió un hospital que funcionaba de modo ejemplar, persiguió el soborno, conquistándose con ello el odio de los gendarmes y
los funcionarios rusos y el amor de la población, sobre todo de los polacos y hebreos pobres. En seguida empezaron a menudear las denuncias anónimas contra mi padre. Lo consideraban sospechoso, fue destituido sin darle ninguna explicación y procesado (le acusaban de veinte delitos: habla polaco, baila mazurcas, no fue encendida la iluminación en las oficinas el día del cumpleaños del zar, no va a la iglesia, etc.), Le prohibieron ocupar cargos oficiales. El proceso se prolongó diez años, llegando hasta el senado, donde mi padre, poco antes de su muerte, fue absuelto por falta de pruebas.

Cómo aprendí a odiar la autocracia. 

Aprendí pronto a odiar el yugo nacional; no tardé mucho en comprender que los hebreos, los polacos y las personas de otras nacionalidades no eran peores que los rusos y, por eso, de mayor, me adherí de todo corazón al Partido Comunista de Rusia, cuyo programa proclamaba el derecho de las naciones a vivir y gobernarse como quisieran. El reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación, me parecía una cosa muy justa. Me di cuenta en seguida de la arbitrariedad y el despotismo de los funcionarios zaristas, y, en cuanto fui mayor, me hice revolucionaria para luchar contra la autocracia zarista. Mi padre, una vez destituido de su cargo, empezó a trabajar en lo que le salía: fue agente de seguros, inspector de fábrica, etc. Nos trasladábamos sin cesar de una ciudad a otra y tuve la oportunidad de conocer a mucha gente y de observar cómo vivían las distintas capas de la población.
Mi madre me hablaba frecuentemente de su vida de institutriz en casa de una señora, donde había visto
el trato bestial que daban los terratenientes a los campesinos. En cierta ocasión fuimos a pasar un verano (mientras mi padre encontraba trabajo) a la finca de una terrateniente de cuyos hijos había sido institutriz mi madre en otro tiempo, pero yo, a pesar de que sólo tenía cinco años, alborotaba, no quería saludar, ni dar las gracias por la comida. Había que ver lo contenta que se puso mi madre, cuando el padre vino por nosotros y nos marchamos de Rusánovo (así se llamaba la finca). Salimos de allí en una tartana (era ya invierno) y, por el camino, unos campesinos que nos habían tomado por terratenientes a poco nos matan: pegaron al cochero y nos amenazaron con echarnos a un hoyo abierto en el hielo. El padre no culpaba a los campesinos y después, comentando el hecho con mi madre, dijo que los terratenientes se merecían el odio secular de los campesinos. En Rusánovo me hice amiga de los muchachos y las mujeres de la aldea. Me trataban cariñosamente. Yo estaba de parte de los campesinos. Las palabras del padre las he recordado toda la vida y, por eso, al ser mayor, luché por la confiscación de las grandes fincas y la entrega de la tierra a los campesinos. También aprendí pronto (entonces tenía seis años) a odiar a los fabricantes. El padre trabajaba en Uglich de inspector en la fábrica de Howard y hablaba a menudo de las arbitrariedades que se cometían allí, de la explotación de los obreros, etc. Yo escuchaba. Jugaba con los hijos de los obreros y a escondidas tirábamos bolas de nieve al director si pasaba por allí. Cuando yo tenía ocho años fuimos a vivir a Kiev. Entonces comenzó la guerra contra Turquía. Me sacié de embriaguez patriótica y de oír hablar de las bestialidades de los turcos, pero veía a los prisioneros cubiertos de heridas, jugaba con un chiquillo turco prisionero y me parecía que no había nada peor que la guerra. Una vez, el padre me llevó a una exposición de cuadros de Vereschaguin4, donde vi que los jefes del Estado Mayor, vestidos de guerreras blancas y
encabezados por un gran duque, miraban con anteojos, desde un lugar al abrigo de todo peligro, cómo morían los soldados luchando contra el enemigo. Entonces no lo comprendí todo, pero luego, siendo ya mayor, estuve de todo corazón con el ejército que se negaba a continuar la guerra
imperialista.

“Timofeika”

Tenía once años, cuando me mandaron a pasar la primavera al campo. El padre llevaba los asuntos de las terratenientes Kosiakovski, dueñas de una pequeña fábrica de papel en la provincia de Pskov. Los asuntos estaban muy embrollados y el padre los ponía en orden. Las Kosiakovski no podían prescindir de sus servicios y, por eso, eran muy afables con él.
En la primavera me puse muy enferma y las Kosiakovski me invitaron a ir con ellas a una finca suya, situada a cuarenta verstas de la estación de Biélaia. La finca se llamaba Studenets. Mis padres aceptaron. A mí me daba un poco de reparo ir entre gente extraña, pero era encantador viajar en coche tirado por caballos. Atravesamos bosques y campos; florecían ya las siemprevivas en los altozanos, olía a
tierra y a hierba. La primera noche me acostaron en una cama estupenda. En la habitación señorial, lujosamente amueblada, hacía un calor sofocante. Abrí la ventana de par en par. En la estancia penetró un fuerte aroma a lilas; cantaba un ruiseñor. Estuve largo rato asomada a la ventana. Al día siguiente me levanté
temprano y salí al jardín que descendía hasta el río. Me encontré con una joven de unos dieciocho años, de frente estrecha, cabellos negros y ondulados, que llevaba un sencillo vestido de percal. Habló conmigo.
Era maestra de la aldea y se llamaba Alexandra Timoféievna o “Timofeika”. A los diez minutos charlaba con ella de todo como si fuese una maiga. La escuela, pagada por las terratenientes, estaba todavía abierta. Estudiaban cinco muchachos del grado superior que debían examinarse: Iliusha, Senia, Mitka, Vania y Pável. Empecé a ir con frecuencia a la escuela, resolvía problemas con los chicos y leíamos juntos en voz alta; era divertido. “Timofeika” tenía en su habitación muchos libros para niños y yo le ayudaba a pegar las hojas y a
encuadernarlos. Los domingos iban a verla numerosos adolescentes y jóvenes. Leían juntos a Nekrásov. “Timofeika” nos contaba muchas cosas. Daba a entender que los terratenientes eran algo muy malo, y que esquilmaban a los campesinos en vez de ayudarles como había que hacer. A mí no me gustaban las Kosiakovski. Eran muy afectadas. La madre de las Kosiakovski iba siempre vestida de blanco, hablaba entre dientes y gruñía a la servidumbre; me parecía extraña.

La terrateniente Nazímova y sus perros

Quisé todavía menos a los terratenientes después de un viaje a la finca vecina. Fueron allí las Kosiakovski, “Timofeika” y los cinco escolares mayores que debían examinarse. Me llevaron con ellos.

La finca pertenecía a Nazímova, una señora muy rica. Todos trataban de halagarla. Cuando iba a la iglesia, deslizaba 25 rublos en la mano del pope, después de besársela. Ese era el motivo de que no empezaran los oficios hasta que no llegaba ella.

Los exámenes tuvieron lugar en la escuela. Preguntaban a los muchachos el pope y un inspector. Los chicos se asustaron mucho, sobre todo, Iliusha. Durante el dictado, Iliusha estaba tan azarado que escribió “baca” en vez de “vaca”. No pude contenerme y fui a decirle que corrigiera la falta. “Timofeika” me dijo que me estuviese quieta en el sitio y no me entrometiera; ella estaba también muy nerviosa. Todos los muchachos fueron aprobados. Iliusha estaba pálido y temblaba, tardó mucho en tranquilizarse. Nazímova nos invitó a comer. Me asombró la cantidad de chuchos que tenía: perros de lanas, falderos, etc.; saltaban por las sillas y corrían de un sitio para otro. Cuando nos sentamos a comer aparecieron dos muchachas descalzas. Nazímova echó primero sopa en los platos de los perros y las muchachas los distribuyeron. Después nos tocó el turno a los invitados. En todo se advertía mucho lujo. El jardín era una preciosidad; en torno al estanque crecían unas rosas encantadoras. Yo estaba aburrida y me puse muy contenta cuando llegó la hora de volver a casa. “Sí, claro -pensaba yo-, “Timofeika tiene razón al decir que los terratenientes sobran”.Esto mismo se lo había oído antes a mi padre.

Iba con “Timofeika” a las aldeas vecinas. La maestra llevaba libros a los campesinos y conversaba largo y tendido con ellos, yo no entendía todo lo que ella decía. Más tarde “Timofeika” se marchó por un mes a
no sé dónde.

Con la gente de la fábrica

Mientras tanto llegaron mi padre y mi madre y se avecindaron a unas dos verstas de la finca de las Kosiakovski, cerca de la fábrica, y me fui a vivir con ellos. Hice amistad con los chicos de la fábrica. Iliusha trabajaba también allí. Yo iba a los talleres y, a veces, me pasaba horas y horas colocando las hojas de papel de envolver en rimeros y pilas. Me hice amiga de un anciano que acarreaba leña a la fábrica. Me dejaba subir al carro y coger las riendas. Eso me gustaba mucho. Íbamos al bosque, le ayudaba a cargar la leña, después volvíamos andando junto al carro y lo descargábamos en el cuarto de las calderas. El padre y la madre se burlaban de mi celo y de mis manos desolladas.

Junto a la fábrica, bajo un cobertizo, se pasaban sentadas días enteros unas mujeres que entre camiones seleccionaban trapos sucios para hacer papel. Los trapos se los compraban a los campesinos unos hombres que recorrían las aldeas. Allí había viejas camisas azules, pantalones y harapos de toda clase. Yo me unía a las mujeres, cantaba con ellas y clasificaba los trapos.

Debajo de la escalera de mi casa vivía una liebrecilla que me había traído una de las mujeres. Tenía también un buen amigo: un perro rojizo que atendía por Karson. Después de comer echaba en un plato sopa, leche desnatada, huesos y las sobras de la comida y gritaba: “¡Karson, Karson!” El perro acudía corriendo y engullía con placer la comida.

Por fin nos tuvimos que marchar. Me daba pena de dejar a “Timofeika” -ya había regresado-, a los muchachos, al anciano, a la tía María y a Karson. Cuando subimos al coche para marchar, el perro se metió entre las ruedas y tuvieron que sacarlo a viva fuerza.

En el invierno me contaron que un lobo se había comido a Karson. Lo sentí mucho.

Preguntaba a menudo por “Timofeika”. El padre me dijo que la policía había hecho un registro en su casa, encontrando libros y un retrato del zar en el que habían garrapateado la solución de un problema. Más tarde supe que “Timofeika” había estado recluida dos años en la cárcel de Pskov, en una celda sin ventanas.
No la volví a ver más. Se apellidaba Yavórskaia. Durante el invierno, en la clase, dibujaba casitas con el letrero “Escuela” y pensaba en que sería maestra rural. Desde entonces he tenido siempre interés por la escuela y los maestros rurales.

1 de marzo de 1881

En aquella época sentía ya simpatía por los revolucionarios.

Recuerdo vivamente la tarde del 1 de marzo de 1881 en que los de Naródnaia Volia mataron al zar Alejandro II, arrojándole una bomba. Vinieron a nuestra casa unos parientes, estaban muy asustados, pero no dijeron nada. Después llegó presuroso un militar, viejo compañero de mi padre, y contó pormenores del atentado, cómo había volado la carroza, etc. “Mirad, he comprado crespón negro para la manga”, dijo mostrándonoslo. Recuerdo que me sorprendió mucho que quisiera llevar luto por el zar del que siempre había echado pestes. Como este compañero de mi padre era muy tacaño, pensé: “Si se ha gastado los cuartos comprando el crespón, es verdad lo que cuenta”. No pude dormir en toda la noche. Pensaba que, después de la muerte del zar, todo cambiaría y el pueblo sería libre.
Sin embargo, no ocurrió así. Todo continuó lo mismo, aún peor. La policía detuvo a los afiliados a Naródnaia Volia. Los autores del atentado fueron llevados al cadalso por delante del liceo en que yo estudiaba. Este día, por la tarde, un tío mío contó que Mijáilov se había desprendido del dogal.

Detuvieron también a revolucionarios amigos nuestros. Quedó paralizada toda la vida social...

¡Estudiar!

Al principio estudiaba en casa. La maestra era mi madre. Aprendí muy pronto a leer. Los libros me proporcionaban mucha alegría, me descubrían un mundo entero y los devoraba uno tras otro.

Tenía muchas ganas de estudiar en el liceo. Ingresé a los diez años, pero no me encontraba a gusto. En mi grado había muchas alumnas, unas cincuenta. Yo era muy tímida y me perdía entre ellas. Nadie me hacía el más mínimo caso. Los maestros explicaban la lección, sacaban a la pizarra, preguntaban y ponían notas. No estaba permitido hacer preguntas. La preceptora del grado, cicatera y chillona, hacía zalemas a las muchachas ricas que iban al liceo en coche propio y reñía a las niñas pobremente vestidas. Lo principal era que no había amistad entre las chicas. Yo estaba muy aburrida y sola. Estudiaba con mucho celo las lecciones, sabía más que las otras, pero contestaba mal porque pensaba en cosas completamente distintas de las que me preguntaban.

Mi padre, viendo que no me hallaba bien allí, me llevó al liceo particular de Obclénskaia. Era completamente diferente. No nos gritaba nadie, las niñas se sentían más libres, estaban más unidas y me hice amiga de muchas. Era muy interesante estudiar. Todavía recuerdo con agrado ese liceo. Allí adquirí muchos conocimientos y aprendí a trabajar.

Tuve que pensar en ganarme la vida

Mi padre, del que era amiga y con el que hablaba de todo, murió cuando yo tenía catorce años. Nos
quedamos solas mi madre y yo. Ella era muy buena, muy viva, pero me trataba como si fuese una niña. Yo defendía tenazmente mi independencia. Sólo más tarde, cuando entre nosotras se establecieron relaciones de igualdad, empezamos a estar más unidas. Me quería mucho y vivimos siempre juntas. Veía con simpatía que yo fuera revolucionaria y me ayudaba. Los compañeros de Partido que venían a nuestra casa la conocían y la estimaban. No dejaba que nadie se marchara con hambre y se preocupaba de todos. Cuando murió el padre, tuvimos que pensar en ganarnos la vida. Yo daba clases y las dos hacíamos copias a mano. Alquilamos un apartamiento grande y teníamos huéspedes. Era gente muy diversa: estudiantes, telefonistas, costureras, practicantes, etc. Como era la mejor alumna, el liceo me proporcionaba clases. Esta ocupación no tenía nada de agradable. Los padres ricos miraban con desdén a la maestra y se inmiscuían en las lecciones. Al terminar los estudios en el liceo, soñaba con ser maestra de una escuela, pero no encontraba plaza.

¿Dónde está la solución?


En aquel tiempo leía con ahínco las obras de León Tolstoi5. El escritor censuraba acremente el lujo y la
holganza de los ricos, criticaba el régimen estatal y decía que todo estaba dispuesto para que los terratenientes y los ricos llevasen una vida cómoda y agradable, mientras que los obreros perecían a causa de un trabajo agotador y los campesinos caían rendidos de cansancio. Tolstoi sabía pintar brillantemente la vida. Yo pensaba en todo lo que veía a mí alrededor y me decía: Tolstoi tiene razón. Miraba de modo nuevo la lucha de los revolucionarios y comprendía mejor por qué luchaban. Pero, ¿qué hacer? Con el terror y los atentados contra los zares y los funcionarios más dañinos no se adelantaba nada. León Tolstoi indicaba que la solución era el trabajo manual y el autoperfeccionamiento. Empecé a hacer todos los trabajos domésticos y a trabajar durante el verano en el campo. Desterré todo lujo de mi vida y fui más atenta y solícita con mis semejantes. Pero en seguida comprendí que con ello no cambiaba nada y que los regímenes injustos continuarían existiendo por mucho que trabajara. Es cierto que conocía más de cerca la vida rural y aprendí a hablar con los campesinos y obreros, pero ésta no era la solución. Creía que si ingresaba en un centro de enseñanza superior, llegarla a enterarme de que era necesario hacer para cambiar la vida y poner fin a la
explotación.

En aquella época, las mujeres no podían estudiar en la universidad ni en los demás centros de enseñanza superior. La zarina estimaba que las mujeres no debían estudiar, que habían de quedarse en casa para atender al marido y a los hijos, y por orden suya fueron cerrados los cursos de medicina y los Cursos Superiores para Mujeres. Yo estudiaba por mi cuenta, como podía.

Por fin se abrieron en Petersburgo los Cursos Superiores para Mujeres6 e ingresé en ellos. Al cabo de dos meses me decepcionaron completamente. Veía que no me proporcionaban lo que necesitaba y que allí se estudiaban cosas muy sabias, pero muy lejanas de la vida.

Cómo me hice marxista

Aquellos tiempos eran muy distintos a los de ahora. No había buenos libros sobre problemas sociales, ni reuniones, los trabajadores no estaban organizados y tampoco existía un partido obrero. Aunque tenía ya veinte años no había oído hablar de Marx, del movimiento obrero, ni del comunismo.

Cierta vez asistí a la reunión de un círculo estudiantil -entonces empezaba el movimiento de los estudiantes- y se me abrieron los ojos. Dejé los cursos y empecé a estudiar en los círculos, a leer las obras de Marx y otros libros imprescindibles. Comprendí que únicamente el movimiento obrero revolucionario podría cambiar la vida y que para ser útil se debía entregar todas las fuerzas a la causa obrera.

En la primavera pedí que me proporcionasen el primer tomo de El Capital, de Marx, y otros libros que me fueran de provecho. Las obras de Marx no se podían leer entonces ni siquiera en la Biblioteca Pública y era muy difícil adquirirlas. Además de El Capital, llegaron a mis manos Ensayos sobre la cultura primitiva, de Ziber; El desarrollo del capitalismo en Rusia, de V. V. (V Orontsov), e Investigaciones del Norte, de Efímenko.

En los primeros días de la primavera, mi madre y yo alquilamos una isba en la aldea y allí fuí con los libros. Durante el verano trabajé con los dueños de la casa, unos campesinos que necesitaban brazos. Lavaba a los niños, trabajaba en la huerta, rastrillaba heno y segaba. Las preocupaciones de la aldea se apoderaron de mí. A veces me despertaba por la noche y me decía entre sueños: “No se habrán metido los caballos en el campo de la avena”. En los ratos libres leía con aplicación El Capital. Los dos primeros capítulos eran muy difíciles, pero, a partir del tercero, todo marchó sobre ruedas. Me parecía beber agua vivificadora. El camino no era el autoperfeccionamiento tolstoiano. La solución estaba en un poderoso movimiento obrero.

Al atardecer me siento en un peldaño de la entrada de la isba y leo: “Suena la última hora del capitalismo: expropian a los expropiadores”. El corazón me palpita con tanta fuerza que se oyen los latidos. Miro delante de mí y no comprendo lo que balbucea una niñera adolescente, sentada allí mismo, con un hijo de los dueños en los brazos. “Nosotros decimos calzas, y ustedes dicen medias, nosotros decimos coletas, y ustedes dicen trenzas, nosotros decimos remos, y no sé cómo dicen ustedes” - procura explicarme sin comprender mi silencio. ¿Pensaba ya en que llegaría a vivir hasta el momento de la “expropiación de los expropiadores”? Entonces no me interesaba esa cuestión. Me interesaba solamente que el objetivo y el camino a seguir estaban claros. Y luego, cada vez que se alzaban las llamas del movimiento obrero -en 1896 durante la huelga de los obreros peterburgueses del textil, en el 9 de enero, en 1903-1905, en 1912 durante la matanza del Lena7 y en 1917-, pensaba en que la última hora del capitalismo se acercaba más y más. Pensé en la última hora del capitalismo durante el II Congreso de los Soviets que declaró propiedad del pueblo toda la tierra y los instrumentos de producción. ¿Cuántos pasos quedan hasta la meta? ¿Veré el último paso?¡Quién sabe! Pero eso no importa. De todos modos, ahora “el sueño se ha hecho posible y está más cerca”. Se palpa ya. Es evidente para todos que su realización es inevitable e inminente. La agonía del capitalismo ha empezado ya.

Tras la Puerta del Neva

Durante los tres años que asistí a las reuniones de los círculos, aprendí mucho y empecé a ver la vida de modo completamente distinto. Pero no sólo quería saber, deseaba también trabajar y ser útil. Los vínculos de los estudiantes con los obreros eran muy débiles: entonces se perseguía sañudamente a los estudiantes que se acercaban a los trabajadores; el gobierno zarista procuraba alzar un muro entre ellos. Cuando los estudiantes querían hablar con los obreros tenían que cambiarse de ropa para disimular su condición y hacerlo en secreto. Yo resolví entrar de maestra en la escuela nocturna dominical de Smolénskoie, pueblo próximo a la Puerta del Neva (esta zona se llama ahora distrito de Volodarski).

La escuela era grande, acudían a ella unos seiscientos obreros de las fábricas de Maxwell, Pall, Semiánnikov, Alexandrovski, etc. Yo iba allí casi todos los días. En esta escuela trabé muchas relaciones y conocímás de cerca la vida de los obreros. No era raro que llegara un inspector y cerrara una clase porque se enseñaban quebrados, cuando, según el programa, sólo debían estudiarse las cuatro reglas de aritmética, ni que se mandase por etapas a un obrero a su pueblo de origen por emplear en la conversación con el
director la frase “intensidad del trabajo”, etc. No obstante, en la escuela se podía trabajar. Se podía hablar de lo que se quisiera con tal de no emplear palabras tan terribles como “zarismo”, “huelga”, “revolución”. Nosotros (al año siguiente entraron en la escuela unos cuantos marxistas más) procurábamos explicar a los alumnos el marxismo sin mencionar el nombre de Marx. Me sorprendía lo fácil que era aclarar a los obreros, desde el punto de vista marxista, las cosas más complicadas. Las condiciones de vida les facilitaban la comprensión del marxismo. En otoño llega un muchacho de la aldea. Al principio, en las lecciones de “Geografía” y de “Ruso” se tapa las orejas y lee el Viejo o el Nuevo Testamento de Rudakov, pero en la primavera va después de las clases a un círculo y lo da a entender con una sonrisa muy significativa. Si un obrero dice en la lección de “Geografía”: “La producción artesana no puede competir con la gran producción”, o pregunta: “¿Qué diferencia hay entre un campesino de Arjánguelsk y un obrero de Ivánovo?”, ya sabes que este obrero asiste a un círculo marxista, también sabe él lo que ha dicho con su frase, y se establecen entre ambos unas relaciones especiales, como si hubiera pronunciado un santo y seña. Después se acerca, saludando de una manera particular, como diciendo: “Tú eres nuestra”. Pero también los que no iban a los círculos ni sabían formular aún “la diferencia entre un campesino de Arjánguelsk y un obrero de Ivánovo”, nos trataban con gran cariño y solicitud.

-Hoy no distribuya libros -prevenía algún alumno (aunque los libros que entregábamos eran generalmente de la biblioteca)-. Ha llegado uno nuevo, no sabemos quién es, estaba con los frailes. Ya nos enteraremos...

-No diga nada delante de ése que va vestido de negro: tiene trato con los guardias -avisa un obrero ya de edad.

Un alumno se va a servir al ejército y antes de marcharse trae a un amigo suyo de la fábrica de Putilov.

-Vive lejos, por las noches no podrá venir, pero que asista los domingos a las lecciones de “Geografía”.

Estuve de maestra en esta escuela cinco años, hasta el momento en que me encarcelaron. Esos cinco años inocularon sangre viva en mi marxismo y me unieron para siempre con la clase obrera.

En aquella época comenzaba a formarse entre nosotros una organización, aunque muy endeble. La organización de marxistas activos, siguiendo el ejemplo del partido obrero alemán, empezó a llamarse social-demócrata. En 1894, con la llegada de Vladímir Ilich a Petersburgo, las cosas marcharon mucho mejor y la organización se consolidó rápidamente. Vladímir Ilich y yo trabajamos en el mismo distrito y nos hicimos en seguida muy amigos. Nuestra organización empezó a hacer propaganda por medio de octavillas. Editamos folletos clandestinos y pensábamos publicar una revista popular ilegal. Cuando ya estaba casi preparada, detuvieron a Vladímir Ilich y a otros camaradas. Esto fue un golpe duro para la organización, pero nos rehicimos y continuamos lanzando octavillas. En agosto de 1896 incitamos a los tejedores a que se declararan en huelga y procuramos que ésta se desarrollara de modo organizado. La policía practicó muchas detenciones después de la huelga y yo caí en sus manos. En el destierro me casé con Vladímir Ilich. Desde ese momento mi vida ha estado unida a la suya y le he ayudado como he podido. Hablar de ello, supondría
tanto como narrar la historia de la vida y del trabajo de Vladímir Ilich. En los años de emigración, mi labor consistió fundamentalmente en mantener contacto con Rusia. De 1905 a 1907 fui secretaria del Comité Central y a partir de 1917 me ocupo de la instrucción pública. Esta labor me gusta mucho y estimo que es muy importante. Para llevar la causa de Octubre hasta el final, los obreros y los campesinos no pueden ir conscientemente tras la clase obrera y agruparán con más lentitud sus haciendas. Mi trabajo en el terreno de la instrucción pública está estrechamente unido con la labor de propaganda y agitación del Partido.

Epílogo

He tenido la gran suerte de ver cómo ha crecido la fuerza y la potencia de la clase obrera y de su Partido, he sido testigo de la revolución más grandiosa del mundo, he visto los brotes del régimen nuevo, socialista, y el comienzo de la transformación de la vida.

Siempre he sentido mucho no haber tenido hijos. Ahora no lo siento. Tengo muchos, son los komsomoles y los pioneros. Todos ellos son leninistas y desean serlo.

Esta autobiografía ha sido escrita por encargo de los pioneros.

Se la dedico a ellos, a mis queridos muchachos.