jueves, 16 de octubre de 2014

La mujer en la mina

En las entrañas de la tierra, donde siempre la oscuridad se posa sobre las manos de la necesidad, donde siempre el mejor amigo es el grito del compañero o compañera, la voz temblorosa del miedo. Allá en la mina donde el carbón es el pan negro de todos los días. Donde las estrellas son tus hijos, y el sol, un plato redondo caliente lleno de comida y una sonrisa de postre. Allá en la mina, donde el agua y la humedad se hacen cómplices junto a las partículas de sílice para arrebatar vidas silenciadas, donde el grisú y los derrumbes se dan la mano para engañar a los hombres y mujeres de la mina. Aquellos años de duro trabajo después de una posguerra durísima, llena de hambre y necesidades. Siempre ese trato exquisito entre la naturaleza y el ser humano, ese respeto que hay que tener a lo que se arrebata a la tierra sin pedirle permiso; esa necesidad del subsuelo para sobrevivir la gran mayoría, y donde solo unos pocos son los elegidos para tan duro trabajo. En ese tira y afloja hay que adelantarse a los presagios, hay que adelantarse a los accidentes, hay que adelantarse al temido grisú y en algunas ocasiones, al pájaro enjaulado, y a la vez, hay que luchar para cambiar las cosas y las condiciones de trabajo. Así y todo, la mina se llevó y lleva miles de vidas para la subsistencia de sociedades ignorantes de este tipo de trabajos, y que disfrutan cómodamente en los sofás y con la televisión y las luces encendidas sin acordarse de dónde viene la energía eléctrica, entre otras muchas utilidades que tiene el carbón.

Y qué me decís de las mujeres mineras, las madres del silencio, las que guardaban carbón en los
 bolsos y de vez en cuando se lo quitaban a los camiones para atizar las cocinas y las estufas de hierro fundido; las que siempre tenían una bola de anís en los bolsillos del mandil, y te sonaban los mocos en su regazo; las que amamantaban con leche de coraje y rabia y en muchas  ocasiones eran maltratadas  por maridos y compañeros; las que lavaban y cribaban el carbón en las minas para  que los ricos tuvieran menos humo y hollín en las casas, y que cobraban la mitad que los mineros.

Qué podéis contarme de las carboneras viudas de carro y mula, de soledades de lágrimas compartidas con el hastío. Y ahí están en la memoria de los hijos criados a pan negro y necesidades; los abuelos de hoy, mineros que han visto con sus ojos y sus lágrimas el derrumbe de una forma de vida tan llena de injusticias. Mujeres como Olvido la minera, que estuvo picando ocho años en las minas de Fabero, entre 1962 y 1970, porque cuando su marido enfermó fue a pedirle al dueño de la mina que la dejara trabajar por él y el patrón  le contestó que… “si me sacas lo mismo, a mí qué me importa quién lo pique” (aunque, claro, con los papeles a nombre del marido, porque ella no podía figurar ni para cobrar ni para nada) y que “rompió aguas” a las doce de la mañana, picando, y a las tres de la tarde ya había parido su sexto hijo, que por poco lo pare entre el carbón… O aquel otro episodio donde un funcionario osó decir que las mujeres no servían para la mina, y casi lo tuvo que sacar la guardia civil escoltado… “Bocazas, le gritó una minera… nosotras tenemos más que ver en la mina que los hombres, aparte de trabajar en ella, os parimos, tenemos que enviar allí a nuestros  hijos y maridos… y somos las que tenemos que llorarlos…”.



Aquellas interminables jornadas que empezaban ordeñando la vaca, vistiendo a los guajes para ir a la escuela, de allí a las escombreras a escoger carbón, o tirar del ronzal de las mulas para sacar las vagonetas llenas de mineral; otras cargaban vagonetas a pala como cualquier ayudante minero… la merienda escasa y compartida, la casa de nuevo, la cuadra, la huerta y el marido que también quería su ración de cariño… Mujeres mineras que en silencio llenaban la despensa con los primeros economatos ganados a fuerza de huelgas y hambre, y la cocina económica siempre tirando, amortiguada en los fríos inviernos, el agua caliente para el baño en el balde de zinc… y las trébedes, donde se apoyaban las penas encima de los cansados brazos… y se dormían entre sueños de vestidos de colores  y peinados a la francesa con tocados. Muchas de estas mujeres mineras murieron reventadas y con silicosis de tercer grado; a algunas de ellas les fueron reconocidas sus enfermedades como profesionales de la mina. Y ahora vienen los listillos de turno, y quieren cerrar y matar parte de la historia de la supervivencia humana en Comarcas enteras llenas de vida… allá en la mina.

Extraído de: http://huelvasurlibre.blogspot.com.es/

lunes, 13 de octubre de 2014

Jertek A. Anchimaa: La primera mujer jefa de un Estado sin vínculos con familias reales y electa

La primera mujer jefa de un Estado sin vínculos con familias reales y electa fue Jertek A. Anchimaa en la desconocida República Popular Socialista de Tannu Tuvá, desde 1940 hasta que dicha República se incorporó a la Unión Soviética a finales de 1944.

Como curiosidad este pequeño país asiático declaró la Guerra a la Alemania nazi días después de que invadiera la URSS, aunque fue sobre todo un hecho simbólico. No solo no tenía vínculos con familias aristocráticas o reales sino que en sus orígenes fue una campesina pobre, desde los 18 años y durante los años '30 promovió las campañas de alfabetización en mongol y tuvano como miembro del Partido Popular Revolucionario de Tuva.


Fuente: Extraido de la página de facebook "En apoyo al marxismo-leninismo"