jueves, 8 de enero de 2015

La dulce y femenina DEPENDENCIA

Si un extraterrestre, en este caso una extraterrestre, pusiera sus pies en nuestro país y diera un somero repaso a la prensa y demás medios de incomunicación de los últimos años, legaría rápidamente a una conclusión: la reforma del régimen ha dado sus frutos, al menos en lo tocante a solucionar los problemas específicos de la mujer, ya que éstos no aparecen por ningún lado.

Los belicosos grupos feministas de los primeros años de la <<transición>> se han reciclado con una rapidez pasmosa: una vez que el régimen reformo ciertos artículos, completamente obsoletos, de Código Civil y Penal, que levantó las trabas para el acceso de la mujer a todas las profesionales (¡lo bien que le sienta el uniforme a las picoletas!) y que, acuciado por la necesidad de integrarse en la moderna Europa, generalizó la planificación familiar, poco les quedaba por reivindicar a las aguerridas feministas burguesas. Una de sus últimas aspiraciones, el <<derecho>> a hacer el servicio militar y  a entrar en el Ejército, emulando a sus colegas sionistas y yankis, fue sepultada por la avalancha de jóvenes objetores e insumisos. La famosa cota del 25% en los partidos institucionales y en la vida pública les dio el puntillazo final: las más destacadas entre ellas han acabado disfrutando de una poltrona en el parlamentaria, ministerial, etc. Y si por casualidad oímos ahora hablar a las feministas, suele ser con ocasión de alguna manifestación por los derechos de los homosexuales o, bien, otorgándose una representación que nadie les ha dado, para exigir, en foros internacionales organizados por las agencias imperialistas, la esterilización de las mujeres del Tercer Mundo.

¿Quiere decir esto que todas las mujeres que participaron en aquellos años en el movimiento feminista se han integrado en el régimen o se dedican a echarle una mano al capitalismo financiero? Ni mucho menos. La mayoría de ellas ha pasado a engrosar las filas de esta multitud de desencantados, de gente que tenía una cierta esperanza de que se produjera un cambio real y que ahora se ha sumido en la impotencia y en el silencio. Pero siguen ahí y la experiencia de ese período no va a resultar en balde, pues al menos ha quedado bien claro hasta dónde puede llegar la burguesía con sus <<reformas>>.

En lo que respecta a nosotros, si la extraterrestre de marras echara una ojeada a  nuestra prensa, a la del Partido, su impresión no sería diferente, pues raro es el número de RESISTENCIA que en esta última etapa ha dedicado un artículo a la cuestión femenina. Parece como si a <<la mitad del cielo>> se la hubiera tragado la tierra. ¿Quien es el responsable de esa dejadez más que nosotras, las militantes comunistas?¿Acaso no hemos olvidado no ya de la lucha por nuestra emancipación, sino de las espantosas condiciones de vida y de trabajo que soportan la mayor parte de las mujeres de nuestro país? Y si no las hemos olvidado, porque las vivimos y palpamos a diario, entonces ¿a qué estamos esperando?¿a que nos digan, nos aconsejen, nos ayuden?¿quien tiene que empujarnos?¿Los hombres?¿No va siendo hora de acabar con esa dependencia de la que tanto nos lamentamos, pero en la que nos sentimos tan cómodas?

Hablamos muy a menudo de la dependencia económica como causa fundamental de la degradante situación que se encuentra la mujer en España. Lo cual es cierto. Sin embargo, el problema de la dependencia es mucho más complejo y no se puede circunscribir únicamente a la cuestión económica. Reparemos en el caso más extremo. Según estimaciones oficiales, unas 200.000 mujeres sufren malos tratos en nuestro país (en 1993 hubo 40 víctimas mortales a causa de las palizas que les propinaron sus parejas). La mayoría de esas mujeres son dependientes económicamente, lo que explica, en principio, que no puedan abandonar el domicilio conyugal. Pero resulta que también hay un buen número de ellas -en una proporción que más o menos coincide con el 30% de mujeres que participaron en la producción social- que sí son dependientes económicamente. ¿Qué es lo que las mantiene en condiciones de tan escandalosa subordinación?¿No será que además de la dependencia económica existe otro tipo de dependencia, mucho más sutil, mucho más arraigada, puesto que forma parte de lo que se ha dado en llamar la identidad feminidad?

La dependencia es uno de los rasgos característicos de la infancia, propio de la situación de indefensión y desamparo en que se encuentran los niños desde que nacen hasta la adolescencia. Sin embargo, mientras al niño, ya desde su más tierna edad, se le educa para que en su día sea capaz de desenvolverse por si mismo en la vida, de enfrentarse y resolver los problemas que esta plantea, a la niña, independientemente de que reciba una formación profesional como futura trabajadora, se le inculca una serie de valores que la va atrofiando psicológicamente: la pasividad, la sumisión, la subordinación, <<virtudes>> imprescindibles para cumplir con el papel que, supuestamente, le ha asignado la naturaleza. Ese papel, que la psicóloga Emilce Dio Bleichmar define así: << una mujer se mide por su capacidad de creación (maternidad), de desarrollo (crianza, amor) y mantenimiento (pareja, familia)>>, la convierte en un ser completamente dependiente de las relaciones afectivas. Estas no son para ella una parte más de las relaciones humanas, la parte que corresponde a la necesidad que toda persona tiene de ser comprendida, reconocida, amada, etc, sino que conforman la causa de todos sus afanes; el otro o los otros (la pareja o los hijos) se erigen en el eje y en el proyecto de su vida. No es de extrañar, pues, que muchas mujeres, al ver amenazadas sus relaciones, sean capaces de los  mayores desatinos con tal de conservarlas. Romper con esa dependencia, con eses <<pacto>> con la naturaleza, es un proceso muy doloroso, peor que una mutilación. Paradójicamente, el afán por conservar, al precio que sea, las relaciones amorosas o afectivas y por mantener el núcleo familiar, se convierte en su contrario, en fuente de continuos conflictos.

LA FAMILIA TRADICIONAL ES DEVORADA POR LA AVIDEZ CAPITALISTA


Sobre las obvias diferencias biológicas que existe entre el hombre y la mujer y,  fundamentalmente, sobre la base de la dependencia económica de esta, << se ha eregido, en el curso de la historia, una vasta superestructura cultural por la cual se fomenta el desarrollo en la mujer y en el hombre, no sólo de tipos físicos sino de rasgos de temperamento, carácter, inclinaciones, gustos y talentos que se suponen biologicamente inherentes a cada sexo. Se consideran como características sexuales secundarias, inamovibles, fatales y ahistóricas>>(1).

La ideología patriarcal, que ha enfrentado radicalmente a los dos sexos, tiene como fin garantizar una mano de obra semiesclava para la reposición privada de la fuerza de trabajo. Esta ideología justifica la deformación, la explotación y la opresión de la mujer a la vez que impide su toma de conciencia. Naturalmente, las castas reaccionarias tienen mucho interés en mantener esta situación  y procurar que la mujer siga siendo el elemento más reaccionario de la familia; para ello se han valido de la educación, del confesionario, de toda clase de literatura barata y oscurantista, de seriales radiofónicos y televisivos, todo con el objetivo de que a través de la figura de la madre se transmitiera la ideología reaccionaria. Además, desde que el proletariado hizo su aparición como clase, la esposa-madre, gracias a esa ideología y al atraso secular que arrastran las mujeres, se convirtió en el principal freno para la incorporación del resto de los miembros de la familia a la lucha social. Recordemos cuando, años atrás, en la época de Franco, el simple hecho de participar en una huelga por cuestiones laborales era castigado con el despido, la inclusión del huelguista en las listas negras e incluso la cárcel. En muchos hogares se vivían auténticos dramas a causa de ello. Sin embargo, la mujer no hacía otra cosa que desempeñar el papel que la sociedad le ha asignado: el de proteger la familia, y si para ello era necesario vivir mísera e indignamente, se vivía.

Más recientemente, con la aparición de la crisis, de las reconversiones salvajes y los despidos masivos, hemos asistido al fenómeno inverso. Miles y miles de mujeres se han organizado en plataformas, coordinadoras, etc. Allí donde la industria de todo un pueblo o de toda una comarca se veía amenazada por el cierre, las mujeres han estado en la primera fila de la lucha. Sería simplista pensar, como señaló alguna despechada feminista, que su participación en esas luchas no tenía otro sentido que el de <<apoyar>> a sus compañeros o hijos, pero tampoco podemos perder de vista que las razones que impulsaron a esas mujeres a lanzarse a la calle eran las mismas por las que antes se oponía a la lucha: por conservar el nivel de vida adquirido anteriormente ( y que viene dado por la situación laboral del marido) y por defender el porvenir y la estabilidad de toda la familia. La experiencia les ha enseñado que allí donde hace su aparición el paro, la familia estalla por todas partes. Otra cosa es que su participación en esas luchas haya tenido efectos muy positivos para ellas: por primera vez salían del estrecho marco del hogar, formaban parte de un colectivo, luchaban codo a codo  con otros miles de trabajadores y trabajadoras y, sobre todo, comprobaban en su propia carne quién era el causante de la mísera condición a la que se veían abocadas ellas y todas sus familias.

En épocas de crisis, mientras que millones de obreros y de obreras son expulsados de las fábricas, cunden por doquier trabajos marginales, se extiende la economía sumergida, aparecen los contratos temporales y a tiempo parcial, etc. Las mujeres son la principal fuerza de trabajo de esa nueva <<economía>> y sus míseros ingresos constituyen, a menudo, el único medio de subsistencia de toda la familia. Los papeles se invierten, creandose situaciones insostenibles. <<Estas condiciones que degradan a los dos sexos, y en ellos a la humanidad, son la última consecuencia de nuestra elogiada civilización... esa total inversión de la condición de los sexos solamente puede provenir de una causa: que los sexos, desde el principio, han sido puestos falsamente frente a frente>>(2). El capital ha colocado a la mujer en una situación desesperada pero, sobre todo, se ha jugado una mala pasada a si mismo. Los capitalista necesitan de la familia como base social, económica, de reproducción y reposición de la fuerza de trabajo, pero su voracidad les lleva a destruírla. El primer paso hacia su disolución se dio con la incorporación de la mujer a la producción; la crisis del sistema capitalista está haciendo el resto. En muchos países capitalistas desarrollados, buena parte de las <<familias>> son ya monoparentales, es decir, están compuestas únicamente por la mujer y los hijos; la tasa de natalidad es negativa...

La situación de los hogares en los que todavía no se han invertido los papeles porque el hombre ha logrado conservar su puesto de trabajo no es mucho mejor. La sobreexplotación sin límites, la ausencia de los derechos laborales más elementales, llegan a afectar al equilibrio psicológico del obrero, que acaba descargando su impotencia y su ira en la mujer y en los hijos. <<En el fondo son criaturas: pegan tres voces, se ponen flamencos, hinchan el pecho... sin que en realidad sepan ir a ninguna parte fuera de casa, porque en el trabajo bien que les hacen bajarse los pantalones un montón de veces>>, reconocía lucidamente una pobre mujer comentando el exasperado ambiente en su hogar. Tanto ella como el resto de las mujeres que viven y padecen en esas angustiosas condiciones saben que las broncas e incluso los palos que reciben, y que deberían ir dirigidos contra el patrón, son el precio a pagar por seguir manteniendo el ya frágil núcleo familiar. O eso o incitan a sus maridos e hijos y se incorporan ellas mismas a la lucha contra los capitalistas y su Estado. No hay otra salida.

DISPARAR SÍ, PERO NO EQUIVOCAR EL BLANCO


El camino de la lucha es, precisamente, el que hemos elegido nosotras, un camino largo y tortuoso, pues cuando la mujer rompe las cadenas que tradicionalmente la atan <<e inicia la lucha por su emancipación, inevitablemente tiene que superar muchos más obstáculos que el hombre>>(3). El hecho de habernos sacudido el yugo familiar, de haber <<roto>> el cordón umbilical con nuestros hijos, de habernos incorporado activamente la resistencia política y armada contra el Estado monopolista e imperialista y a la lucha por el socialismo supone un verdadero salto, pero aún quedan muchos pasos por andar.

Nos rebelamos a menudo contra la idea tradicional de que a causa de nuestro temperamento <<emocional, apasionado, irracional, visceral,etc.>> somos <<incapaces>> de afrontar ciertas responsabilidades, pero tendemos a aceptar un papel de segunda fila, a acomodarnos en él. Ya basta de esperar aunque lo hagamos inconscientemente, que nos autoricen, nos permitan, nos estimulen. No podemos seguir, sobre todo en nuestro caso, responsabilizando al hombre por lo que nos falta, lo que no nos otorga, lo que no nos da, lo que no nos deja. Eso no es dependencia económica, ni afectiva, es dependencia a secas. Los comunistas, a la vez que libramos un combate encarnizado contra el sistema capitalista, combatimos también las lacras y prejuicios que la burguesía ha logrado inculcar a los trabajadores y que, irremediablemente, tienen su reflejo en el Partido. A nosotras nos toca la doble tarea de sacudirnos la secular inseguridad y pasividad que nos acompaña y ese <<miedo patológico a la independencia>> que nos atenaza; además, debemos enfrentarnos a la incomprensión e incluso al sarcasmo de nuestros compañeros de lucha que también, como no, arrastran su buena dosis de prejuicios. ¿Cuántas veces, nos vemos tachadas de <<feministas burguesas>>? El simple calificativo de mujer <<independiente>> suele levantar ampollas. Lo cual, en cierto modo, es lógico, puesto que las mujeres de la burguesía, una vez alcanzada su <<liberación>> y su <<independencia>>, han logrado que la emancipación de la mujer se identifique con la famosa <<superwoman>>, la mujer que no depende de nada ni de nadie, ni siquiera necesita del varón para procrear. Este prototipo de mujer que compite en protagonismo televisivo con otros modelos más tradicionales y al que aspiran no pocas mujeres de la pequeña burguesía y por desgracia incluso de la aristocracia obrera, es justamente el modelo más acabado de las nuevas dependencias: sujeta a las modas que propaga la burguesía, adicta a la sociedad de consumo, esclava de su físico y de los institutos de belleza, su exacerbado individualismo le lleva a renunciar a la maternidad o, en todo caso, a parir un desgraciado <<muñeco>> con el que compensar sus frustraciones e histerias.

No, no es ese el tipo de independencia del que hablamos y al que aspiramos. Pero bien es cierto que caemos muy fácilmente en los tópicos al uso. Por ejemplo: hace ya algún tiempo se dedicó un número extraordinario de la desaparecida revista <<Área Crítica>> al tema de los malos tratos a la mujer. En su redacción colaboraron algunas militantes del Partido. Pues bien, en su conjunto, el monográfico era una pena, no sólo por el batiburrillo en el que se mezclaban desde  <<casos puntuales>> de malos tratos, abusos sexuales de patronos y capataces sobre sus empleadas y los diferentes tipos de tortura que sufren las mujeres revolucionarias que caen en manos de la policía política o de la guardia civil, sino porque, al finalizar su lectura, obligatoriamente se llegaba a una conclusión, a la misma que ya anunciaba el editorial que la encabeza: <<hay un feminismo revolucionario que quiere liberar a la mujer para que ningún hombre vuelva a tratarla mal... sin llevarse su merecido>>(4). La verdad, para semejante viaje no hacen falta tantas alforjas.

No nos equivoquemos de blanco. Hay que hacer un esfuerzo por sacudirse todas las <<virtudes>> que la reacción ha imbuido en la mujer a lo largo de los siglos; hay que combatir a la ideología patriarcal que propaga nuestra inferioridad; hay que desenmascarar la ideología burguesa que oculta las causas de la opresión y explotación que padecemos y mistifica el camino de nuestra emancipación.



(1) I. Larguía y J. Dumoulin: <<Hacia un concepción científica de la emancipación de la mujer>>
(2) F.Engels: <<La situación de la clase obrera en Inglaterra>>
(3) Carmen Jimenez Castro: << La mujer en el camino de su emancipación>> Editorial Contracanto
(4) AREA CRÍTICA nº 29, diciembre 1988

M.Queralt, "RESISTENCIA"