miércoles, 10 de junio de 2015

RELATO: "Llevamos las letras"

— ¡Eh, muchacha, espera, no sigas corriendo! Sí, es a ti. Vaya colores que tienes, cualquiera que te vea sabe que vienes de una manifestación.
Cógete a mí, esos bestias no serán capaces de meterse con una vieja como yo. Y si preguntan, decimos que eres hija mía y que vamos a... es igual, a donde sea. Pero ahora tranquilízate. ¿Has visto cómo lanzaban pelotas? Yo también he tenido que correr, me parece hasta mentira. A mis años, con lo que me pesan las piernas, y hace un rato era como si no las tuviera. Si alguna vez se celebran los juegos olímpicos de la vejez, me apunto a participar. Con que me pongan un policía detrás tengo asegurada alguna medallita...

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-No, hija, de la Virgen del Carmen no. Hay que ver cómo sois los jóvenes, la veis a una arrugada y canosa y ya os creéis que sólo valemos para estar en casa con sopitas y buen vino. A ver de dónde te piensas que vengo yo también. Me tienes que haber visto. Iba con otras chavalas de mi edad a la cabeza de la manifestación llevando una pancarta. Bueno, eran carteles en los que iban pintadas las letras. Las hacemos nosotras, ¿sabes?; dibujamos en el cartón, después les damos rojo y ya está. Resaltan tanto que cualquiera, a no ser que esté ciego, las ve a cien metros de distancia. Eramos ocho y cada una llevaba la suya, la mía era la T. La pena es que cuando han empezado los botes de humo ya no era posible leer la palabra. La M estaba al lado de la S. La I antes de la N, en fin, un auténtico lío. Claro, que después ya no se veían ni los carteles; por no ver no he visto ni a las otras que venían conmigo, nos hemos despistado y, ya ves, ahora te llevo a ti cogida del brazo como... Por cierto, cómo te llamas...

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- No te entiendo; bueno, es igual, respira hondo para que no se te note la carrera, quizás por aquí haya alguno de esos que te sacan la chapa y ¡hala! para comisaría. A mí no me preocupa, sé que no me iban a pegar mucho, lo único es el susto que se iba a llevar mi marido si ve que no llego, pero lo peor sois vosotros, los jóvenes, y a ti sí te iban a zurrar, por lo menos para quitarte las ganas de volver a otra.
Mira, ya se te están bajando los colores. De todas formas, estabas más guapa antes. Sí, no te rías, aunque vosotros siempre estáis guapos. ¡Te sigues riendo! Es posible que esté diciendo muchas tonterías, son los nervios. Ya estoy empezando a notar las piernas. ¡Qué desastre! Sin embargo, hace un rato parecía una liebre, si me ve mi hija no se lo cree. Mañana se lo tengo que contar cuando vaya a visitarla, seguro que se retuerce de risa en el locutorio, y luego me hablará sin dejar de sonreírme. Y
yo quiero verla sonreír y reír a carcajadas, aunque sólo sea a través de los cristales porque bastante triste es tener que estar encerrada día tras día. Además, muchacha, necesito verla reír porque es lo único que me dejan tener de ella.

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— Ah, claro; ¿ves como son los nervios...? He empezado a hablar de mi hija sin darme cuenta de que hace un momento que nos conocemos. Sí, está en la cárcel. No te pienses que me da vergüenza decirlo, lo que ella ha hecho no es para que yo baje la cabeza, al revés, mi hija no es capaz de hacer nada malo. Está presa por ser comunista, y guerrillera, y no terrorista como dicen todos esos sinvergüenzas de los periódicos...

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— ¿Sí? ¿Me pongo exaltada cuando hablo de estas cosas? Ay, hija, debe ser la fuerza de la
costumbre; me he llevado tantos chascos que está una a la que salta. Si vieras como yo he tenido que ver y oír a gente seria, que incluso se llamaba de izquierdas, ¡hasta jóvenes como tú! decir barbaridades de los compañeros de mi hija... Así que una ya, por si acaso, prefiere dejar las cosas bien sentadas desde el principio. Me alegro que tú no seas de esos; cada vez hay menos... ¡Mi hija terrorista! ¡Todos nuestros hijos terroristas! ¡Cuánta mentira!

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— Sí, hablo en plural porque las otras que venían conmigo tienen también a sus hijos en la cárcel. Y de todas formas, para nosotras todos son como hijos. Las tenías que ver. ¡Son tan guapas y alegres! ¡Y los chicos! ¡Vaya muchachos que tenemos! Esos que salen en la tele parecen mamarrachos
al lado de ellos. Además, inteligentes son todos un rato. Cualquier cosa que les preguntes saben contestártela, pero sobre lo que sea, por eso los tienen dentro, ¿sabes?, porque fuera ya se encargarían ellos de poner los puntos sobre las íes, y bien puestos. Esa es la pena, que ellos que podrían hacer tanto estén allí y nosotras, ya ves, unas pocas madres, unas viejas que ya no podemos casi correr ni sabemos tanto como ellos, estamos aquí en la calle. ¡Si fuéramos más jóvenes! porque así no es lo mismo, lo que nosotras podemos hacer es muy poco y ellos en la cárcel, tratándoles como lo hacen, a baquetazo limpio, sin apenas darles de comer, sin poder estar libres viendo el sol, sin vivir con sus hijos...

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— No, si ya sé que algún día estarán de nuevo con nosotros, por eso llevaba la T, o la M o la A, y, además, estabas tú y mucha gente. Ya has visto la manifestación. La verdad es que tampoco éramos demasiados, y ahí está el problema, tenemos que serlo para que ellos salgan, para que vuelvan. ¡Hace tantos años que no puede estar mi hija con nosotros! Y, claro, nos vamos haciendo viejos, por eso la echo cada vez más en falta, porque ella no nos dejaría solos, nos cuidaría y también le podría contar mis cosas, los problemas que tengo. Ella seguro que me animaría, pero sobre todo, muchacha, no estaría sola. Ahora no se los cuento porque para qué quiere ella más problemas. ¡Ni que no tuviera bastante! Y cuando se da cuenta —y tiene una vista...— y me pregunta, les quito importancia. Son tonterías, le digo, que si duele aquí o allá, cosa normal porque a mis años no voy a querer estar como una rosa, o que si no encuentro trabajo. Ya ves, ni que ahora dieras una patada al suelo y te salieran tres sitios para colocarte. Claro, que ya sé que todo esto que te digo es más una ilusión que otra cosa, porque también sé que cuando salga se volverá a marchar, ya me lo ha dicho muchas veces, aunque eso no hace falta que me lo diga, pero cuesta hacerse a la idea. He vivido varios años sobresaltada, esperando la noticia de que la hubieran detenido, o peor aún, que la hubieran matado, y a eso es difícil acostumbrarse.

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— No, por supuesto que no prefiero que esté en la cárcel. Allí estás en sus manos. ¡Y qué manos! Eso es un guante de hierro. Quiero que esté en la calle, aunque me pase los años que me queden de vida temiendo por ella. Quiero que esté en la calle porque sé que está libre y a la libertad, muchacha, tenemos derecho, que por eso luchan ellos. ¿Te has dado cuenta todo el rato que llevamos andando? Te estoy liando aquí con mis tonterías cuando seguro que tienes amigos con los que habrás quedado. Te dejo que te estarán esperando. Ya estamos lejos de la zona de la manifestación y no hay peligro.

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— ¿No? Bueno, pues entonces vamos a seguir paseando un ratito más; ya ves que no me canso de hablar y hablar. Pero sólo un ratito, que no quiero llegar muy tarde a casa, y tú tampoco debes tardar mucho, puede ser que tus padres estén preocupados por ti, como me pasaba a mí cuando ella se retrasaba.

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— Pues no debías venir a estas cosas sin avisarles, que nunca se sabe...

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— Ah, eso es distinto, ya sé que no todos los padres son como yo; pero no vayas a pensar que no
tengo problemas. Tengo otros hijos que tampoco entienden nada de lo que hago, y mi marido... El pobre dice que no tiene espíritu; no, no me pone impedimentos, pero en cuanto voy a hacer algo, repartir octavillas o hacer una pintada, ya no vive hasta que no vuelvo a casa Por esto tengo que irme pronto, así que vamos hasta la parada del autobús.

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—¡Claro que se les puede ir a ver! Pues no se ponen contentas ni nada cuando la gente va a verles a la cárcel; y más si es gente joven como tú, que a los viejos ya nos conocen. Pero me tendrías que dar tu nombre para que yo la avisase o escríbele tú misma. 0 mejor, mira, vamos a hacer otra cosa. ¿Por qué no te pasas mañana o pasado por el local de la Asociación de Familiares y hablamos de esto? ¿Mañana por la tarde? Así te cuento cómo fue mi visita. Apunta la dirección. Te espero. Hasta mañana...

«Vaya, vaya, cincuentona. Te juntas con la juventud y ya te piensas que los años han dado marcha atrás. Pero... ¡Qué bien se siente una! ¡Qué agradable era esa muchacha! Reconoce de todas formas que te ha tenido que aguantar un rato, eso para que luego digan que los jóvenes siempre van a lo suyo, aunque... tú también lo dices de tus hijos. Bueno, para eso son ratos, ¿verdad?, es que ya eres vieja y el empuje de la juventud a veces... No, no hay veces que valgan, si no fuera por su empuje qué sería de nosotros, si no estuvieran ellos... ¡El autobús! Se te va a escapar Corre, que vas a llegar tarde a casa. ¡Ay madre! Corre, corre, que se marcha... ¡Eh, espere... Oiga... Espera...! Nada, siempre hacen lo mismo, a éstos no les importa que seas joven ni que seas vieja... Y mira que ha visto la carrera que me he dado. Ahora a esperar a otro, con todo lo que tengo que hacer. ¡Qué cansada estoy y cómo me están doliendo las piernas! Seguro que alguna de las varices te va a jugar una mala pasada ¡y con todo el trabajo que te espera en casa! Todavía tienes que hacer la comida para llevarle mañana a tu hija, un montón de trajes para entregar y... Si por lo menos hubiera aquí una cabina para llamar y decirles que
estén tranquilos, pero cualquiera se arriesga a perder otro autobús. En fin, te tendrás que acostar tarde también esta noche, total, tú tampoco necesitas dormir mucho. Ya verás mañana cuando le digas lo que le has metido en el paquete. Seguro que te contesta que por qué te has gastado tanto dinero en la comida, pero se le pondrán los ojos alegres, ¡como si no la conociera! Nunca puede disimular cuando le llevas algo que le gusta. Además, que te regañe, te da lo mismo, a ella le falta lo que tú tienes,
el aire libre... Y cuando le cuente lo de la muchacha de hoy... a ver si poco a poco ellos van cogiendo las cosas en sus manos, que nosotros ya no estamos para muchos trotes... Menos mal, ya viene el cacharro ese con cuatro ruedas. A ver cómo subes ahora con esta pierna, atleta. Mañana, cuando vayas a visitarla, tienes que procurar que no se te note que cojeas, porque si no se preocupará pensando que es de un pelotazo de goma y que no se lo quieres decir. ¡Ya sabes cómo es tu hija...!»


Relato extraído de: "Dentro y Fuera: Resistencia"

¡¡LUCHEMOS POR LA 
AMNISTÍA!!